Por el sinsentido de la realidad de hoy. Por el eterno delirio de un espíritu mágico. Por la permanencia de lo etéreo.

viernes, 27 de mayo de 2011

Ajá...¿intento de escaleta?

Ordenando ando, aclarando algunas cosas. Esto es muy general, pienso basarme en la búsqueda mía y de mi padre de “el llamado de la selva”. Organicé algo así:   
  1. El viaje después de varios años (2 para mí y 4 para mi papá) de regreso al pueblo. El viaje desde Mérida dura 2 días completos. Nos iríamos primero a Caracas, y de allí a Santa Elena de Uairén (24 horas de viaje). Después, de Sta. Elena, se agarra un jeep a El Paují, 2 horas más. En esta parte, me gustaría mostrar cosas bien puntuales, que cuenten el por qué estamos viajando. Quizás conversaciones entre mi padre y yo, referentes a la vuelta, o al pueblo como tal; preguntarle cómo fue su primer viaje a El Paují, qué sintió al ver los primeros tepuyes. Alguna anécdota de ese mismo viaje que hicimos tantas veces. Alguna historia de mi niñez. Dar también a entender que es un viaje largo y cansón. Claro, que será breve, como para dar una introducción y de plano, que se entienda que estamos regresando a un lugar. 
2. La llegada al pueblo. Pienso en este momento, como algo breve también. Hay una montañita antes de llegar al pueblo. En su cima, uno ve todo el pueblo, y particularmente a mí, me produce una sensación de que allí estoy, en mi casa. Se puede abarcar todo con una mirada, como mi tierra. Quiero esta secuencia, para mostrar el término del camino: llegar al centro del pueblo, bajar los morrales, ver rápidamente el sitio, luego ver el lugar en que nos quedaremos (por ahora casa de una amiga de mi papá). Descanso, fin del viaje (o comienzo, mejor dicho) 
3. Ajá aquí viene la búsqueda. Con esto me pasa algo bien particular, ya que es el centro del documental y yo no lo tengo muy claro en imágenes. La búsqueda se basa en conocer, a través de algunos personajes, cómo es la vida allá. Ver la vida de los pemones, su faena diaria, sus niños jugando, bañándose en ríos, ver sus distracciones. Y también, ver la vida de los citadinos que se han mudado. Observar cómo viven, por qué viven allí, que sienten en ese sitio. Principalmente, qué buscaban al irse de la ciudad, qué les transmite estar en permanente contacto con la naturaleza y con el silencio. Escuchar testimonios del por qué se fueron, tal vez en un desayuno hablar con esta gente y que me cuenten una historia, una anécdota. En este documental quiero ver también con planos muy observadores, la tranquilidad, la belleza y la armonía del lugar, que el espectador sienta esa energía mística, pura, como del comienzo. Observar la libertad. Tal vez, usar la comparación de infierno y de paraíso con estas dos realidades (la industrializada y aquélla). En montaje, unir planos que definan el contexto de ésta sociedad del caos, y paralelamente, mostrar la tranquilidad. En la búsqueda, está inmersa mi propia indagación sobre el tema. De alguna manera estoy volviendo, porque necesito respirar de nuevo el aire puro, sentir esa misma energía que sienten todos los que van para allá. Que, dentro de los testimonios y observaciones de la gente de allá, se encuentre también la presencia de mi padre y la mía, se dé cuenta de nuestro propio estado de ánimo al volver, nuestras sensaciones al reencontrarnos con la paz.  
4. Luego de haber estado allí, de haber visitado a la gente y compartido con ella, debemos volver a la “otra realidad”. Debemos despedirnos de todo, de la tierra, de las aguas, de la energía, de El Paují como entidad. Hay que retornar al caos, a nuestra realidad actual. ¿Qué es lo que queda? ¿Nostalgia? ¿Felicidad o tristeza? ¿Ganas de permanecer allí por siempre? Esta parte del documental, hablará de nuestro retorno, del aprendizaje que obtuvimos, de lo que pensamos ahora nosotros (mi papá y yo) de ese “llamado de la selva”, de ese algo; por medio de una conversación y de planos que expresen emociones. En esta parte, me imagino un plano de la misma montañita, dejando atrás todo, allá quedó. Y, también, me imagino un plano de la llegada a la gran Caracas: el tráfico, el ruido, la muchedumbre.

Los viajes del viento

Esta es una película colombiana, que cuenta del viaje de un músico que debe regresar el acordeón que tocó por muchos años a su maestro, quien lo construyó y le enseñó a tocar. Al viaje se le une un muchacho joven que sueña con ser música y que quiere seguir sus pasos y juntos comienzan a recorrer estas regiones de Colombia. La fotografía de esta película es inspiradora.




Alamar

¡Qué bello este documental! Me inspiró muchísimo, por el lugar, la relación entre los personajes, y ese niño en las secuencias de la selva me recordó a mi niñez, descalzo, casi desnudo, bañándose con un potecito. Muy solo el paraje, hermoso. La fotografía es muy buena, todos los planos cuentan algo en la historia. Me encantó, aquí dejo el trailer como inspiración estética.


martes, 24 de mayo de 2011

El regreso

Definitivamente, creo que viajaré a El Paují en vacaciones. Entonces, me imaginé otras cosas. Hay  gente de ciudades, caraqueños, etc. que vive allá desde hace años, se fueron buscando la tranquilidad, la naturaleza, algo que decidí llamar "el llamado de la selva"; cosa que ocurrió con mis padres, quienes prefirieron el reencuentro con el silencio, la soledad, vivieron allá 19 años, y me tuvieron a mí. Ahora la gente siente un miedo terrible por la soledad, por ser ésta la única que te obliga a hablar contigo mismo. A conocerte.
Entonces, me gustaría explorar ¿qué cosa en concreto es lo que nos une a sus habitantes (y a mí) a ese lugar? ¿Esa energía mística que emana de sus selvas? ¿El lugar, su esencia, los árboles que cubren todo su territorio, y que antes cubrían toda la tierra? Poco a poco, se nos han ido olvidando nuestras raíces.
Es algo que siento, existe definitivamente una desconexión de nuestra parte, hacia lo que alguna vez pertenecimos.
Me gustaría con el documental ver la vida allá, el por qué se fueron esas personas y en busca de qué. ¿Qué cosa buscaban? ¿La encontraron? Ver toda esa vida libre que existe allá, ver niños bañándose en los ríos, felices. Ver la felicidad. Y, sugerir, tal vez, muy sutilmente, que es más bueno y más bello vivir entre ese silencio lleno de misterios, que el espectador se pregunte el por qué escogimos las ciudades, las grandes civilizaciones; si el campo está cargado de mucha más libertad.
Pensé, hacer el contraste con el caos de la ciudad, esa desorganización extrema y esa enajenación del ser como humano. Hay diferencias totales en sus necesidades, entornos, modo de vida y pensamiento. Hay competencia, vanidad, trabajo; cosas que según las creencias de los indígenas makiritares (libros de Marc) son sólo necesidades ficticias. Y, aunque en El Paují, todos los indígenas son bastante civilizados, y civilización es lo que buscan, quieren formar parte de las sociedades urbanas, (tengo a casi todos como amigos en Facebook, y quieren cobertura telefónica, entre otras cosas); hay mucha gente que nunca ha visto edificios, ido al cine, manipulado un celular, visto otro tipo de gente. No han salido de ese lugar, aislado de todo, al que apenas está empezando a rozar los “avances”, y la realidad que conocemos. Les son ajenas muchas cosas, así como también a nosotros nos son ajenas cosas de allá. Quiero documentar cómo vive esa gente, cómo conviven con la naturaleza y con la tranquilidad. Mostrar otro tipo de realidad, una realidad cada vez más olvidada, que formó parte de nosotros en un momento, pero que ya son unas pocas personas las que la conocen.
Entonces, además de las personas de las ciudades que partieron en busca del “llamado de la selva”, me gustaría conocer los pensamientos de los indígenas, qué piensan de su sociedad, y qué piensan de ésta sociedad que conocemos, a la que ellos son ajenos completamente. Se me ocurrió, por ejemplo, preguntarles a varios pemones de allá, ¿qué es para ellos el infierno? Y, en montaje, comparar planos de la ciudad, el caos, el tráfico, la basura. (Según la cultura makiritare, el infierno es lo que vivimos hoy en día). Conocer anécdotas de las personas, que sólo se ven en estos lugares.
Mi vida, mi experiencia, me une al sentido del documental, mis 15 años viviendo allá, la mudanza a Mérida hace 4 años, el retorno después con una cámara al lugar, y la vuelta a esta realidad, o sea, el regreso al caos. Claro, que estos son temas que me unen al documental, sin embargo no intento abarcar toda mi experiencia de niña, ni mi completa historia en el desarrollo del mismo.
El viaje, mi viaje, mi reencuentro con el pueblo. El viaje lo pienso hacer con mi padre, y es nuestra propia búsqueda de la misma cosa que pienso reflejar, la búsqueda de la libertad, del silencio, de la soledad y de la tranquilidad. ¿Por qué el monte? ¿Qué hay en él? Quiero transmitir ésta energía que muchos buscamos en algún momento de nuestras vidas, pero que se está perdiendo, volviéndose desconocida. ¿Es posible olvidar sin importancia de dónde venimos? Parece que sí. El origen ya fue, ya nadie se lo cuestiona, estamos en otra época. No se toma en cuenta.      
Se me vienen algunos personajes a la mente, tanto criollos como indígenas, e igualmente, imágenes que me ayudarían a contar la cosa.  Ver a los niños bañándose, jugando. Ver la vida diaria de los personajes; lavando ropa en el río, buscando agua, haciendo conuco, cosechando miel, preparando comida. Total, cosas que hacen ellos, diariamente, para destacar lo distinto que es de aquí. Tal vez un desayuno, una fiesta, podrían servirme para enterarme de información, con el fin de evitar las entrevistas un poco. Ver a los habitantes de El Paují, en sus labores, y preguntarles como ya he dicho, sobre “el llamado de la selva” el ¿por qué están ahí y que sienten al estarlo?

domingo, 15 de mayo de 2011

Sabana



...Y hablando de nostalgia

Encontré, en una caja de recuerdos, una carta que le escribí a El Paují en 2007, estando ya en Mérida. Ahí va.
"Ansias de reencuentro, te extraño, te deseo. Fuiste, eres y seguirás siendo lo que marcó mi vida por completo. De tí depende que sea hoy lo que soy. Demasiado tarde me dí cuenta de lo mucho que me haces falta, nostalgia que no sentí nunca cuando te tenía conmigo, porque sabía que de alguna u otra forma todos los caminos que tomara, me llevarían a tí. Ahora no estoy tan segura de eso. Veo pasar el tiempo sin tí a mi lado, y con tristeza recuerdo los infinitos momentos que vivimos. Aunque no lo sabía, era feliz. o lo más cerca posible estaba de la felicidad. Ahora siento que no aproveché con plenitud esos momentos, siento una infinita culpa. Ahora me doy cuenta de lo mucho que te necesito, Paují. Soy parte de tí, de tus árboles, de tus ríos, de tu aire. Te pertenezco, tuya soy. Te necesito, con tu sol en mi cara, con tus carreteras de granzón, necesito adentrarme en tus aguas, en tu selva. Eres mi casa y siempre lo serás. El único lugar que me acoge en su seno cuando llego, cuando vuelvo, hasta en mis pensamientos. Extraño las noches de luna llena, los cielos llenos de estrellas y algo más. Caminar descalza entre tus piedras, el sabor de la miel en mis labios, extraño los ladridos recibiéndome a la vuelta. Ahora mismo quiero besar tu tierra, oler tu aire impecable, bañarme desnuda en tus aguas, sentir que me llenas. Pero esperaré tranquila, con paciencia el día de nuestro reencuentro. Y ese será el día más feliz."

¿Cuál mito?

No es que en la Gran Sabana yo haya presenciado rituales espirituales de salvación mística y conexión con lo natural. En el pueblo donde yo nací, eran ellos ya un poco civilizados, se vestían con ropa y zapatos, escuchaban música, manejaban carros. E incluso, las máquinas para hacer minería y destruir más rápido los ríos tenían algunos. Es irónico ¿no? Que quizás yo más que ellos esté en una búsqueda y una esperanza de salvación del apego a lo natural que en los libros de Marc se habla, una búsqueda de una mitología inexistente, que hasta ellos están perdiendo por querer ser como nosotros, ellos quieren ser como nosotros, llegar a ser civilizados, olvidar sus raíces.
Puedo entonces decir que ya, que se acabó todo aquello, que no me importa ni a mi ni a nadie los árboles o los animales, que somos una sociedad avanzada que acaba con todo, que se preocupa por cosas tan vanidosas y terrenales. Que estamos cargados de ego.
Bueno, pero yo no sé. Es algo que me sigue preocupando y no quisiera dejarlo de lado, es una carga diaria, un sentido de culpa. Desde la burocracia hasta el reguetón que suena en casi todos los audífonos.
Cuando llegué a Mérida el cambio fue bastante drástico. Y yo decía que si, que bueno, que había cambiado para mejor, para estudiar. Pero yo no quería, lloraba por mi sabana, por mis ríos y mis pajaritos temprano en la mañana. Allá, recuerdo que me paraba tempranito como para no perderme ni un segundo del aire, del sol mágico, de la soledad. Aquí, me di cuenta que los intereses eran otros, que la vida era otra y que había que adaptarse a las calles llenas de basura y a la gente mala. Había que competir, saber mentir, llenarse la cabeza de cosas realmente innecesarias. No hay libertad, es mentira, como puede haber libertad con una sociedad que te encadena, que te forma desde que naces, que te amarra y te clasifica.
Es muy difícil que esto no suene como si quisiera salvar al mundo y a la raza humana. Y no es eso lo que pretendo, porque sé que perdería mi tiempo espectacularmente. Pero quizá si, demostrar ese pensamiento que ya no existe, a ver si por casualidad, alguno de nosotros se pregunta ¿cuál mito? Y que al responderse, se dé cuenta que ya no hay, se ha perdido para siempre, está presente sólo en las narraciones de esa gente mágica, autóctona, en sus tradiciones, pero que no nos importa.

jueves, 12 de mayo de 2011

Motivación

Yo nací en un pueblo indígena de la Gran Sabana. Viví allí quince años en una casita aislada en medio de la selva. El vecino más cercano vivía a 1 km, todo era muy solo, muy lejos y muy verde. la gente muy humilde, natural, pura. Eran pemones. Siempre he pensado que esas son las personas que están más cerca de la esencia de la vida, del origen. Personas a las que todavía les son ajenas muchas cosas de esta sociedad que conocemos. Tienen un pensamiento conservador, libre y claro como los cristalinos ríos que invaden su tierra, que todavía no se deja tocar por los avances de nuestra civilización.
Es triste que a los indígenas de nuestro país se les conozca tan poco, aun cuando sean una parte importante de nuestro pasado e historia.
Investigar, analizar y compartir las costumbres de algunas etnias indígenas de Venezuela fue uno de los trabajos de Marc de Civrieux, un antropólogo francés que vivió sus últimos años en Mérida. Escribió libros sobre sus mitologías y creencias, cargadas de un misticismo y una magia que se han perdido con el tiempo, y más aun con las necesidades falsas e inducidas que nos propone el mundo actual.
Ya que muy pocas personas conocen la obra que realizó Marc en vida, me parece justo tomarla en cuenta para la realización de un documental, demostrando la poca unión que conservamos con esa naturaleza que en sus libros se refiere, y el olvido cada vez más profundo de nuestras raíces.
Con una canción y un baile se conectaban los makiritares con su Dios de la bondad, dueño de sólo las cosas positivas, en cuyo seno no existen guerras, competencias, enfermedades ni muerte. Este mundo que conocemos es el mundo del engaño (así lo llaman), y todo lo que hay en él, incluso la muerte son falsedades ilusorias.
El hombre profano de la actualidad ha caído, se ha separado del mundo paradisíaco primordial, sagrado y poderoso, ha perdido el contacto con su antigua animalidad mágica, como consecuencia de una ruptura del equilibrio cósmico, produciendo un cierre total del universo visible, que hemos hecho nosotros mismos, invisible.

sábado, 7 de mayo de 2011

Watunna

Watunna es la canción del origen, el conjunto de normas éticas y rituales que conforma la tradición oral de los Yekuana. Es también compendio de pautas religiosas y sociales. Autodenominados So'to y llamados Makiritare por los conquistadores, viven en la banda derecha del Alto río Orinoco, una región de montañas y selvas vírgenes. En su tradición el mundo es destruído y recreado como consecuencia de la eterna lucha cósmica entre Wanadi y Odosha, el Bien y el Mal. El infierno indígena es nuestro propio mundo, esta tierra en que vivimos en estrecho contacto con Odosha.  El mito hace alusión a una época primordial, feliz, paradisíaca, donde los So'to fueron creados en una tierra que no se diferenciaba del Cielo: Kahuña. Quien comunica la Ley a los hombres es el anciano mas sabio de la Casa, el Dueño de los Cantos, llamado Watunnei, es decir experto en la tradición. Generalmente es el Kahitana o jefe de la comunidad local. El Watunna es, en esencia, una enseñanza secreta.

viernes, 6 de mayo de 2011

La creación (tradición Makiritare de Venezuela)

«El hombre y la mujer soñaban que Dios estaba soñando con ellos. Dios estaba soñando con ellos mientras cantaba y tocaba maracas, escondido tras el humo del tabaco y sintiéndose feliz, pero al mismo tiempo sintiendo algunas dudas. Los maquiritare sabían que cuando Dios sueña con comida, produce y da comida. Si Dios sueña con la vida, produce fertilidad. El hombre y la mujer soñaban que en el sueño de Dios un huevo enorme y brillante aparecía. Dentro del huevo danzaban, cantaban y festejaban porque deseaban nacer prontamente. Soñaban que en el sueño de Dios la felicidad era más fuerte que las dudas que Dios podría sentir y mientras soñaba, los creaba y cantando decía:
"Al romper este huevo nacerá un hombre y nacerá una mujer. Y juntos vivirán y morirán. Pero nuevamente nacerán y nuevamente volverán a nacer y nuevamente lo harán. Y nunca dejaran de nacer, porque la muerte no existe".
"Y juntos vivirán y morirán. Pero nuevamente nacerán y nuevamente volverán a nacer y nuevamente lo harán".»
Watunna. Mitología makiritare. Marc de Civrieux.